Los dólares, ¿para producir o para guardar?: el dilema de Guzmán ante un "cisne negro" de Turquía

Los dólares, ¿para producir o para guardar?: el dilema de Guzmán ante un "cisne negro" de Turquía
La posibilidad de que la devaluación turca genere una reacción en cadena alertó al Gobierno, que ve más difícil la meta de dólar tranquilo con PBI en alza
Por Fernando Gutiérrez
24.03.2021 14.21hs Economía

Para Martín Guzmán fue el peor "timing" posible: la explosión de la crisis turca y la especulación sobre si se podría dar una situación análoga de 2018 que generó una huida de capitales desde los mercados emergentes -empezando por Argentina- lo agarró justo cuando intenta convencer a Kristalina Georgieva sobre su capacidad para mantener bajo control al dólar, los precios y las presiones políticas del kirchnerismo.

Mientras los expertos debaten sobre si la devaluación de Turquía se trata de un caso aislado o si es el inicio de un nuevo efecto en cadena, los funcionarios rezan para que el eventual sacudón no se transforme en el "cisne negro" que ponga en riesgo el Plan Guzmán para llegar con la economía relativamente estabilizada hasta las elecciones.

La tendencia a la devaluación de las economías de países vecinos ya puso una nota de nerviosismo. En Brasil, por ejemplo, donde el real viene mostrando una depreciación desde hace semanas, las autoridades monetarias volvieron a la suba de tasas -una suba de 0,75% y otra probable la semana próxima-, una medida que quebró una tendencia de seis años.

Y todos los países están atentos a cómo siga la situación, llevados por el reflejo condicionado de la crisis de 2018, cuando una crisis financiera originada en Turquía llevó a la huida de capitales de las economías emergentes.

Ya desde el inicio de la pandemia, los analistas internacionales -incluyendo medios influyentes como The Economist y Financial Times- vienen advirtiendo que, ante el inevitable incremento del gasto público, la tónica general sería fomentar inflación para de esa forma lograr un crecimiento nominal de la economía que vaya licuando la deuda. La consecuencia de esta situación, en teoría, es que vienen años de alta inflación en el mundo desarrollado, en combinación con bajas tasas de interés, porque es de esa forma que las deudas se van "licuando" con el correr del tiempo.

Sin embargo, empiezan a acumularse dudas respecto de qué tan fuerte será la "buena onda" internacional. Tanto quese empezó a moderar el entusiasmo sobre la "supersoja" -a la que los analistas no le ven mucho margen para que siga subiendo- y, además, hay más inquietud sobre cómo será el comportamiento de las tasas de interés a mediano plazo.

El mercado se puso en alerta ante la posibilidad de que la crisis turca dispare una reacción devaluatoria en cadena
El mercado se puso en alerta ante la posibilidad de que la crisis turca dispare una reacción devaluatoria en cadena

Antecedentes inquietantes

Haciendo del defecto virtud, los funcionarios locales se consuelan con la idea de que, con el crédito internacional cortado, si hay un país que no debe temer una salida de capitales será precisamente Argentina.

Sin embargo, los antecedentes históricos muestran que hay varias formas en que una crisis internacional en cadena puede afectar a la economía argentina. Desde el "efecto Tequila" de 1994 a la crisis del sudeste asiático de 1998, y desde la crisis subprime del 2008 hasta la turca de hace tres años, todos los escenarios fueron muy diferentes pero todos implicaron un perjuicio para la economía argentina.

En momentos de dólar estable, el precio a pagar fue un enfriamiento de la economía. Como le pasó a Domingo Cavallo, que pudo sostener la convertibilidad pagando el alto precio de llevar súbitamente el desempleo al 18%.

Y en otros casos, el efecto fue la clásica devaluación, como le ocurrió a Cristina Kirchner ocurrió en 2009 y, naturalmente, en la crisis de mercados emergentes que marcó la suerte de la gestión macrista, cuando "pasaron cosas" y hubo que acudir al préstamo con el FMI que en estas horas Guzmán intenta renegociar.

En este caso, si se produjera la temida cadena devaluatoria, el riesgo para el país sería que resultara imposible mantener la política cambiaria planeada por el ministro. O que, para lograrlo, se pusiera en riesgo el objetivo del crecimiento al 7% del PBI, dada la pérdida de competitividad que sufriría la economía.

Como turco en la neblina

El desafío, básicamente, es que, entre abril y diciembre, Guzmán debe devaluar a un ritmo promedio de 1,2% mensual si quiere cumplir su promesa de llegar a fin de año con una devaluación total de 24% que sirva como referencia general de la economía y ancla de la inflación.

Una meta a la que muchos en el mercado consideran casi imposible de cumplir, a no ser que el ministro realmente se comprometa con un apretón fiscal difícil de digerir a nivel político. Justo acaba de difundirse el dato fiscal de febrero, con un rojo que aunque es relativamente moderado, marca un punto de inflexión sobre la ortodoxia de inicios de año.

La Secretaría de Hacienda intentó mostrar la faz positiva de la situación al destacar que el déficit financiero del primer bimestre fue "el más bajo en los últimos seis años", pero claro, el dato refiere a un momento en el cual el Gobierno prácticamente no está pagando servicios de deuda.

En el mercado hay una percepción de que el cumplimiento de la meta de un déficit de 4,5% para todo el año parece condicionada a que se atenúe el ritmo de los subsidios a empresas y a la energía, que subieron respectivamente a tasas de 85% y 79%. Guzmán prometió que los subsidios a la energía se mantendrán en 1,7% del PBI, lo cual requiere la capacidad política de convencer al ala dura del kirchnerismo sobre la necesidad de ajustes tarifarios.

Y, en definitiva, toda esta negociación es la que hace que los analistas pongan la lupa sobre la continuidad de la disciplina en el aspecto monetario.

El temor que se percibe en buena parte del mercado es que la calma de Guzmán puede ser de corto plazo. Empezaron a aparecer indicadores inquietantes, como el hecho de que el stock de Leliqs del Banco Central volvió a crecer en términos reales y superó la marca récord de $3 billones.

Semejante "bola" va generando la obligación de pagar intereses en dosis crecientes, al punto que no logran ser compensadas por la esterilización que hace el Banco Central. En lo que va del año, los intereses devengados por este concepto alcanzaron $200.000 millones.

Actualmente, según calculan analistas cercanos al Gobierno, la monetización de la economía -es decir, el dinero circulante más los depósitos- equivale a un 28% del PBI, muy cerca del máximo de 30% que se considera "tolerable" para una economía bimonetaria como la argentina. Por encima de ese nivel, la paz cambiaria empieza a verse amenazada.

Es por eso que el Banco Central intenta acaparar la mayor cantidad posible de dólares. En lo que va de marzo, lleva comprados u$s1.300 millones, aunque con algunas jornadas de sobresalto, como la del lunes pasado, cuando -justamente en coincidencia con el nerviosismo internacional por Turquía- debió vender para cumplir con los reclamos de los importadores.

El ambicioso objetivo del Gobierno es que la balanza comercial finalice el año con saldo positivo de u$s15.000 millones, lo cual pone nerviosos a los empresarios -ya sea de productos finales como industrializadores de insumos- que temen que ellos terminarán siendo la variable de ajuste si la situación internacional se pone complicada.

Miguel Pesce, presidente del BCRA, entre la contención del tipo de cambio y la presión de los importadores
Miguel Pesce, presidente del BCRA, entre la contención del tipo de cambio y la presión de los importadores

¿Para producir o para tranquilizar?

Estas situaciones de tensión reflejan cómo el equipo económico del Gobierno se ve enfrentado a un objetivo -por momentos contradictorio- de aplacar al tipo de cambio mediante una política monetaria moderada y, al mismo tiempo, fomentar la recuperación de la economía.

Cada vez que se toma una medida que reprime la importación para la compra de insumos, todos recuerdan la célebre frase de Alberto Fernández, en la que para justificar el cepo cambiario explicaba que "los dólares son para producir, no para guardar".

Una definición que no se lleva bien con la actitud del Banco Central, que sacrifica dos de cada tres dólares que entran a su caja, con el objetivo de mantener tranquilo al dólar del mercado paralelo, para lo cual sigue su consabido "rulo" consistente en vender bonos en pesos y recomprarlos en dólares.

Una ecuación difícil de resolver para un Gobierno que celebra que la industria ya esté funcionando a niveles como los previos a la pandemia y que se entusiasma con que la economía crezca un 7% en vez del 5,5% previsto originalmente. Desde hace años hay un consenso entre los economistas argentinos en el sentido de que, por cada punto de crecimiento del PBI, se necesita que las importaciones crezcan tres puntos.

Lo cual pone a Guzmán, a Matías Kulfas y a Miguel Pesce en la desagradable situación de tener que definir cuál de los objetivos se sacrifica si un sacudón internacional como el que amenaza desde Turquía finalmente se transforma en crisis global.

Importar insumos para reactivar, vender bonos para planchar al dólar, emitir pesos para asistir al Tesoro y acumular reservas para mantener todo bajo control son variables difíciles de manejar de manera simultánea.

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